La verdad siempre habla en presente

Hablar del pasado es hipócrita, resultadista, exagerado, deformado, tendencioso, mentiroso, acotado o parcial, y estamos hablando de algo que no solo dejó de existir, YA mismo no existe.

Hablar del futuro es totalmente aleatorio, confuso, incomprobable, insensato, en vano, dudoso, increíble, también tendencioso, y estamos hablando de algo que por más que queramos hacernos una idea clara, por más que podamos creer que podemos predecirlo, la realidad del devenir siempre nos sorprenderá y nos ganará de mano. El futuro AÚN no existe.

Hablar en presente en cambio, no sólo es más verdadero, sino que es más fácil.

Mañana podré decir que escribí un interesante artículo en mi blog, con el que quise compartir una reflexión que me surgió a la noche antes de dormir, con el cual buscaba sincerarme y demostrar honestidad.

Ayer podría haber dicho que iba a escribir un gran artículo en mi blog sobre la verdad, que probablemente le cambiaría ciertas concepciones o al menos la forma de expresarse a quienes lo leyeran.

Pero ahora tengo sueño, son las dos y media de la madrugada y me surgió escribir esto porque mientras escuchaba un antiguo programa de radio de Fernando Peña, se me ocurrió la frase que puse en el título, y entonces me vi obligado a elaborar algo más.

No puedo escribir dos párrafos seguido que salto a otras pestañas del navegador, me distraigo bastante y pierdo fácilmente la motivación.

Y esa es la verdad. Al menos por ahora.

Al fin soy adulto

Al fin soy adulto

Al fin soy un adulto.

Al fin puedo olvidarme de lo realmente importante y atender urgencias, apagar incendios permanentemente.

Al fin puedo olvidarme de sentir, de detenerme, de pensar, de criticar.

Al fin puedo abandonarme a mis creencias, a lo construido hasta el momento, a lo inculcado, a lo obvio.

Al fin puedo parar de aprender, de nutrirme de cosas nuevas, de dejar de lado la curiosidad.

Al fin puedo sentirme libre de tener miedo por todo, por el pasado, por el futuro, por el qué dirán, por hacer, por no hacer.

Al fin tengo de qué arrepentirme, puedo pensar en todo lo que no hice y en todo lo que hice e hice mal y puedo empezar a creer que todo es irreversible.

Al fin puedo anhelar todo aquello que alguna vez quise, sentir que ya es tarde para todo, que no tiene sentido intentar, que no es necesario exigirse.

Al fin puedo dejar de priorizar y empezar a darle más importancia a lo que tengo que hacer que a lo que amo.

Al fin sé para lo que soy bueno y para lo que no sirvo, lo tengo tan claro que a partir de ahora puedo hacer siempre las mismas cosas, incluso las malas, porque ya se sabe: de adulto no se puede cambiar.

Al fin puedo decir que todo tiempo por pasado fue mejor.

Al fin puedo descansar en el amor, es decir en aquellos que me quieran, sin dar de más a cambio, dar por hecho que me quieren. Y que también si dejan de hacerlo no creo preocuparme.

Al fin puedo dar como excusa que no tengo tiempo.

Al fin pierdo un poco la vergüenza, puedo hacer y decir lo que me dé la gana, puedo no ser coherente ni honesto porque ahora ser cara dura me es más fácil. También puedo mirar para otro lado con ciertas cosas sin que se note y sin que me genere culpa.

Al fin puedo dejar de sorprenderme de los detalles, de lo muy profundo, de lo inexplicable.

Al fin puedo ser un hipócrita profesional, un enmascarado, un ilusionista, para que incluso frente al espejo o en soledad, siga diciéndome a mí mismo que soy un adulto, que al fin soy un adulto.

 

La edad es una cuestión de la mente sobre la materia. Si no te importa, no importa.
– Mark Twain

Hablando con Certeza

Hablando con Certeza

A no confundir el título de este particular post. No se refiere a que yo hablaré con certeza si no que hace referencia a Certeza, de nombre propio. Persona con la que estuve hablando hace unos días, o más bien cada tanto desde hace 27 años, y que gracias a esas conversaciones pude sacar algunas conclusiones sobre ella.


Certeza sabe perfectamente qué es.

Certeza sabe perfectamente qué hace.

Certeza sabe perfectamente cómo lo hace.

Y además, Certeza sabe perfectamente qué son, qué hacen o deberían hacer, y cómo lo tiene que hacer los demás.

Si no sos de apellido Certeza, entonces habrás notado que esta persona tiene en claro muchas cosas pero no sabe «Quién es» ni «Por qué» hace lo que hace. Y por tal motivo tampoco puede juzgar atinadamente al resto de las personas, ni saber cuáles son sus verdaderas motivaciones.

A Certeza le resulta complicado adaptarse al cambio propio y ajeno.

A Certeza le molesta sentirse inseguro.

A Certeza le paraliza sentir miedo.

A Certeza poco le importa la veracidad o exactitud de sus creencias y dichos.

Es muy probable que ella viva en una realidad de dos por dos, lo que la hace creer que SU realidad es LA realidad, y piensa resueltamente que la verdad es fácilmente alcanzable y que por lo general siempre la tiene a mano.

Es bastante antisocial también, por lo que no le gusta cruzarse con su vecina Opinión, sabe que en el fondo se parecen mucho pero prefiere mantener firme su posición. Al fin y al cabo quién quiere una opinión (o muchas!) cuando se tiene la verdad. Y las evidencias.

¡Ah las evidencias! A Certeza le encantan las evidencias, sobre todo porque es consciente de que en ellas se basa todo su sistema de creencias y valores, y por lo tanto también todas sus acciones.

Pero Certeza no es buena cuestionándose, ya que cuestionar la haría dudar. Y eso es a lo último que quiere llegar, a veces por pereza otras por incapacidad, otras por evadirse.

Certeza cuando se cruza con otra persona del mismo apellido y mantiene una conversación, lejos de entrar en conflicto simplemente habla sola, como si estuviera frente a un espejo. No es buena escuchando a los demás, si es que los deja hablar.

Y si llegan a conectar es porque hablan de las mismas evidencias que los antepasados Certeza fueron construyendo a lo largo del tiempo y la historia.

Una familia complicada. Un tipo de persona que basa toda su seguridad en sus propias convicciones, dejando afuera todo análisis, reflexión, introspección, investigación y todo lo que termine en on.

Ahora que la conozco mejor voy a intentar hablar aún menos con ella, tanto cuando camine por la calle como cuando me mire al espejo.

Recuerdo: Si no lo muevo nunca mas no me duele

Si no lo muevo nunca más

La del título, es la frase culmine de una anécdota de la familia de mi novia. Es un recuerdo recurrente y una de esas anécdotas que se repiten hasta el hartazgo y que a pesar de eso siempre es respetada. Todos aquellos que la escuchan por primera vez quedan impresionados.

Básicamente la anécdota trata sobre un accidente que tuvo mi cuñada cuando era niña, por el cual se le dislocó el hombro. La llevaron como es lógico al hospital de niños a que le vuelvan al lugar el brazo. Pero como Lara (mi cuñada) sabia que la iban a tocar y le iba a doler, dijo entonces la frase celebre “Si no lo muevo nunca más no me duele”.

En ese momento prefería vivir con un brazo dislocado e inútil a sentir dolor. Un dolor que ella no podía saber por cuánto tiempo le iba a doler, pero aun ante la chance de que dure un segundo, prefería dejarlo todo como estaba.

Y es la frase y ese sentimiento que me hizo pensar que muchas veces hacemos lo mismo con los pensamientos.

Brazo vs. Recuerdo

Hay recuerdos de hechos, acciones o sensaciones, que se pueden comparar con el brazo dislocado de mi cuñada, aunque hay una diferencia importante y es que el brazo es fácilmente puesto en su lugar y se puede continuar con la vida normalmente, lo máximo a lo que puede aspirar ese hecho es a convertirse en una anécdota.

Pero yo me refiero al recuerdo que vuelve una y otra vez a nuestras mentes, incluso sin que los evoquemos, esos recuerdos que surgen de nuevo ante cosas a priori sin relación alguna. Y me refiero a recuerdos que de alguna manera nos hagan sentir mal, miserables, desdichados, desafortunados o cualquier otro tipo de sentimiento negativo que atente contra nuestro bienestar, nuestra autoestima o las ganas de vivir.

Y creo que esto sucede por creer que si no se mueve nunca más, no va a doler. A ver si me explico. El recuerdo que viene a nosotros y que nos angustia no es un movimiento voluntario para mitigar ese dolor. Que se entienda, que ese recuerdo, que nos despierta por la mañana o no nos deja dormir por la noche, es como el recuerdo que le produciría a cualquiera el dolor de un brazo dislocado cuando se lo quiso utilizar para mover una silla.

Si viviéramos con un brazo dislocado, y aunque intentáramos no moverlo nunca más para que no nos duela, sería inevitable que lo queramos usar instintivamente y por costumbre para hacer determinadas tareas o que algo o alguien más nos lo mueva, pero entonces la incomodidad y el dolor nos recordaran inevitablemente nuestra situación.

De la misma forma pasa con los recuerdos a los que me refiero. Podemos hacer de cuenta que mientras estén ahí y nadie los toque (o los sepa) no nos van a doler, pero de repente, en una cena con amigos, el recuerdo puede reflotar desde lo más profundo de nuestro ser y recordarnos todo lo mal que nos sentimos por ello.

Moverlo para siempre

Entonces lo mejor que se podemos hacer es solucionarlo. En el caso del brazo la acción se deduce fácilmente. Hay que ir al hospital a que un traumatólogo nos coloque el brazo en su lugar y fin de la historia.

En el caso de los recuerdos puede ser un poco mas complejo, pero la base es la misma, moverse.

Para todos aquellos casos que nos preocupen y ocupen nuestra mente de forma negativa es necesario moverse. Moverse en función de lo que sentimos y lo que queremos lograr. Por supuesto que una nueva acción va a traer nuevas consecuencias, y por supuesto que puede salir mal, pero no existe otra forma de comprobar si podemos sentirnos mejor con nosotros mismos sin hacer, sin movernos.

Estancarse en un recuerdo que nos lastima es comparable a auto flagelarse, a castigarnos diariamente por el mero hecho de sufrir. Todos tenemos en mayor o menor medida un lado masoquista, pero no podemos dejar que el dolor o la angustia se apoderen de nuestro ser y mucho menos que nos acompañe a lo largo de nuestra vida.

Entre lo dicho y lo hecho

A lo largo de nuestra vida buscamos definirnos como personas, quizás es una actividad que se nota más en la juventud, porque las personas mayores descansan (y no lo digo necesariamente en un buen sentido) en el pasado para tal fin.

Pero así como no creo que uno sea el mismo durante toda la vida, tampoco creo que nadie deba tener una definición. En lo que si creo es en los hechos y en lo hecho.

Las palabras pueden ser horribles o muy bonitas, pero las palabras como dice el dicho “se las lleva el viento” y no porque cuando las decimos no sean verdad, si no que son siempre pasado. Ni bien las terminamos de pronunciar se convierten en pasado. En cambio los hechos definen nuestro presente. Si un día decidimos empezar a estudiar psicología, nos encontraremos dos años después escuchando a un profesor hablarnos sobre Jean Piaget, y eso esta sucediendo por la decisión que tomamos anteriormente. Por eso, cuando dijimos “voy a estudiar psicología” si no lo acompañamos con la acción, con el movimiento, son palabras (y por lo tanto pensamientos) que quedan en la nada, que se convierten en pasado y mueren.

Los hechos no nos definen pero nos marcan y acompañan durante toda la vida. Por eso si un recuerdo nos hace ruido, no hay nada mejor que moverlo para que surjan hechos nuevos que nos ayuden a continuar por un camino mas claro.

Cuando te morís se ve todo negro

Todo negro

Cuando iba a primero o segundo año de la primaria viví una experiencia bastante traumática. Aunque hoy a la distancia no recuerdo exactamente qué fue lo que pasó y tengo la sensación de que fue solo un pequeño incidente que terminó en el reto de la directora del colegio donde asistía, no puedo evitar tener el sentimiento de que la pase muy mal y que algo cambiaba para peor.

Quizás tengo esa sensación por lo que sí recuerdo claramente, que son las consecuencias del hecho, lo que viví esa misma noche:

Fue la primera vez que pensé en la muerte.

Es que ahora lo sé, cuando uno sufre cierto acontecimiento que lo angustia o está pasando por un momento difícil, tarde o temprano piensa en la muerte en alguna de sus formas. A mí me tocó pensar en ella por primera vez en mi vida a los seis años.

Y ese hecho que hoy me parece ridículo, gracioso e irrelevante, fue el primer disparador para pensar en la muerte. Recuerdo estar a la noche en mi habitación acostado sin poder dormir , repasando los acontecimientos de ese día, y con miedo. Porque la cara de la directora me daba miedo y más si la recordaba gritándome. Si bien la habitación no estaba del todo a oscuras porque entraba la luz del pasillo por la puerta entre abierta, me costaba no quedar sumergido cada vez más en la obscuridad de mis pensamientos. Como en una pesadilla, la situación se ponía cada vez peor.

Gracias a la combinación de todos estos recuerdos y sensaciones terminé pensando en la muerte. Entonces me dije a modo de conclusión que eso debería parecerse mucho a la muerte.

“Esto es lo que pasa: cuando te morís se ve todo negro”

Si entendemos al negro como la nada, de lo que me di cuenta en ese momento es lo que hoy se lee como “de la nada venimos y hacia la nada nos dirigimos”.

Es un pensamiento que sin importar como se exprese lo deja a uno bastante en el aire. En ese momento, con seis años de edad y al no poder darle un cierre o pensar en una solución o al menos entenderlo, lo único que me quedó fue llorar. Y lloré desconsoladamente por algún tiempo hasta que me canse y me dormí.

Ayer, veinte años después de aquella noche, también acostado sin poder dormir y también sumergido en la obscuridad, continué ese pensamiento precoz y le dí un cierre a la conclusión que había apresurado a los seis.

Cuando te morís se ve todo negro, porque los sentidos no existen en esa dimensión. Tu única guía es la imaginación que se alimenta de la creatividad con la que viviste. Si mientras viviste lo hiciste sin usar nunca la imaginación y te resignaste a usar la de otros vas a sufrir bastante el hecho de tener la eternidad por delante. La oscuridad será cada vez más profunda y te será muy difícil salir de un estado cada vez más uniforme, monótono y aburrido. Vas a sentirte por lo tanto infinitamente desdichado y miserable hasta que el arrepentimiento lo ocupe todo.

Si por el contrario viviste plenamente, jugando con las palabras, atravesándote en pensamientos y reflexiones, sumergiéndote en posturas diferentes, actuando de mil formas distintas incluso ante los mismos escenarios, cambiando de roles hasta agotar posibilidades, exprimiendo las ideas, contraponiendo virtudes, conceptos, valores, costumbres y creencias, creando y decidiendo tu propio camino, es así que entonces y solo entonces vas a poder soportar la muerte. Incluso la vas a poder soportar en vida.

Para ser sincero, vas a poder soportar la vida, tu vida, ahora mismo.

Lo esencial es visible a los ojos

Lo esencial es visible

Para cualquiera que haya leído El principito entenderá que el titulo de este artículo es una clara contraposición a una de las tantas frases populares que tiene este libro, que reza así:

Lo esencial es invisible a los ojos.

Sin embargo, no estoy negando el significado de esta poética frase y entiendo perfectamente su utilización. Lo que quiero hacer es una suerte de complemento, de expansión, un cambio de nivel digamos, de dimensión.

Todo esto nace porque me estaba duchando y comprendí de repente la esencia de la ducha. Uno siempre entra a su baño o a un baño cualquiera y se da cuenta muy fácilmente de los azulejos, la pileta para lavarse las manos, el espejo, las luces, el botón del inodoro, el papel higiénico y también de la ducha.

Concebimos la ducha como aquel lugar donde poder asearnos, limpiarnos, sacarnos el barro de las pata’. Pero también la concebimos con puerta o sin ella, con cortina, con una cortina específica y determinado motivo, con vidrio, con una ducha más grande o con accesorios, y con una larga lista de parafernalias y presupuestos.

Ahora bien ¿Cuál es la esencia de la ducha? El agua. Si viéramos solamente una lluvia de agua limpia y trasparente caer de una altura aproximada de dos metros, en forma de varios finos chorros cayendo al unisono con una presión fuera de lo común, y por más que no viéramos nada más, nadie duraría que se trata de una ducha.

Lo mismo pasaría si viéramos un fuego pequeño, con llamas de tamaños idénticos distribuidos en forma circular, moldeando solo la circunferencia, sin que se conecten en su interior, nadie duraría en decir que es la hornalla de una cocina.

Podría seguir dando muchos ejemplos pero prefiero preguntar, entonces ¿Lo esencial es o no es visible a los ojos?

Si acordamos que de los ejemplos anteriores el agua y el fuego son la esencia de dichos objetos, entonces podemos decir que lo vemos, que efectivamente podemos sentir la esencia de esas cosas pero sería injusto no detenerse en el instante previo a abrir el agua caliente, en el instante previo a prender la hornalla con un fósforo (otro ejemplo).

También sería injusto no ver el instante posterior al efecto de esa supuesta esencia: La hornalla a través del fuego calienta y cocina, la ducha a través del agua, limpia e higieniza.

¿La esencia de las cosas en qué estado se hace presente? Necesita una acción previa para dejarse ver? ¿Es la reacción y la consecuencia lo que la define? ¿O es lo que le da vida? ¿Es invisible o no?

No sé, pero sé que en determinados momentos captamos muy fácilmente la esencia de las cosas. Se me ocurren muchos ejemplos pero no quiero aburrir, daré solo uno para dejar en claro a lo que me estoy intentando referir.

Supongamos que existe un edificio con un ascensor. Al mismo ingresa un hombre. Al piso siguiente una mujer. Pasan algunos minutos hasta llegar a la planta baja, mientras tanto ninguno de los dos mueve un solo músculo, ambos apenas respiran. A pesar de todo, en determinado momento, sus miradas se cruzaron un segundo ¿Y qué vieron?

…Su esencia.

¿Por qué tenemos que dormir?

Por qué tenemos que dormir

Siempre me disgusto la necesidad de dormir, simplemente siento que estoy perdiendo el tiempo. Muchas noches me pregunto qué es eso que tengo que hacer tan importante en vez de descansar. Por lo general sucede que la pregunta es tácita, son las tres de la madrugada, y en vez de elaborar una respuesta clara y única, me devienen pensamientos de los más variados y de la forma más caótica posible, algo así como un Big Bang cerebral.

Paso de detalles ínfimos del último proyecto en el que estoy trabajando a cuestiones existenciales. Abordo temas que me hacen dar vueltas de un lado a otro en la cama y que incrementan mi ansiedad a niveles insanos. Pero de repente me encuentro inmóvil, como si estuviera congelado, sintiendo a la perfección cómo retumba el corazón dentro de mi pecho, respondiendo al recuerdo de emociones especiales. Y al instante vuelvo a un pensamiento totalmente efímero, paso por una necesidad básica como tener sed, se me ocurre la mejor idea del mundo que me hará millonario o exitoso, invento diálogos en el aire, y me surge de imprevisto alguna que otra fantasía sexual.

Como decía, todo eso me pasa en mayor o menor medida casi todas las noches. Para mí irme a dormir no es tal cosa. Es primero pasar por una fase creativa, que me pasea por todo mi interior actual y que después sí, ya agotado de pensar e imaginar, pero sin quererlo aún y resistiéndome hasta el último momento, me relajo, cierro los ojos con fuerza y duermo.

Prácticamente nunca jamás sueño, o para decirlo con propiedad, nunca jamás me acuerdo de los sueños. Y es que para mí sueño bien despierto, el sueño que todos tienen en la fase REM, yo lo tengo antes, sobre el final de la vigilia antes de sumirme en el sueño profundo.

Sea como fuere, que sueñes despierto o dormido, que duermas mucho o poco, te acuestes tarde o temprano, te levantes tarde o temprano, que tengas insomnio, que te guste o no dormir, el dormir, la necesidad de dormir, es un castigo.

Y no lo digo yo, esto me lo reveló Hugo Mandeb, un tío lejano (que en realidad no era mi tío si no el de alguien más), mientras comíamos unos fideos fríos un domingo a las siete de la tarde.

“En un principio el hombre no dormía, no tenía la necesidad de dormir, y paralelamente en el universo tampoco existía la noche. Siempre, donde fuera que uno estaba había luz diurna. Los hombres de entonces vivían mucho más tiempo que nosotros, y no por el simple hecho de no tener que dormir, si no que realmente envejecían muy lentamente, lo que los llevaba a vivir cientos de años.

Con el paso de las generaciones, los hombres se volvieron más temerarios, motivados por la seguridad de sus extensas vidas y se volcaron a desafíos que hasta entonces no estaban en consideración de nadie y por lo tanto y lo que es lo mismo, estaban mal vistos.

Uno de esos desafíos era buscar el método para extender su juventud, lo cual lograron después de numerosas pruebas fallidas con desastrosas consecuencias. Con el tiempo, aquello que no era considerado natural, y que estaba visto como innecesario o fuera de lo común, paso a ser aceptado y algo normal entre los hombres de aquel entonces y todos estuvieron de acuerdo en extender su juventud un poco más.

Y fue así que hubo un momento en que la historia cambio para siempre. El deseo indomable de los hombres por buscar prolongara su juventud y por tanto la vida, llegó a límites insospechados. Llegaron a crear las costumbres más descaradas y a educar sobre las acciones más antinaturales que se podían pensar. El objetivo era la vida eterna.

Los dioses, que venían observando con desagrado el accionar de los temerarios hombres, no pudieron dejar pasar esta actitud tan desligada de la vida que ellos mismos les habían proporcionado. Mientras que el futuro en el que creían los hombres enaltecía la vida, ya que lo que buscaban era su eternidad, para los dioses en el presente, los hombres la estaban despreciando como nunca antes.

Y no solo no respetaban la vida que se les había dado, ni su debida duración, si no que paralelamente tampoco respetaban la muerte. Entonces los dioses, implacables, dispararon una maldición sobre todos los hombres sin dar ni una sola señal de advertencia.

Al inicio la maldición consistía en la necesidad de dormir, tan simple como eso. Cada determinada cantidad de tiempo y dependiendo de las acciones que hubieran estado realizando los hombres, les devenía como por arte de magia una sensación, mezcla de relajación con mareo y alucinación, que no podían controlar, y pasaban a recostarse y acomodarse o simplemente a dejarse caer rendidos. Con esto los dioses creyeron aplacar los fervorosos deseos de los hombres y darle así a sus pensamientos un descanso, que debería además aplacar su espíritu.

Al comienzo y durante mucho tiempo esta simple necesidad causó una gran confusión y un caos generalizado ya que la gente se desplomaba sin previo aviso, o se podía uno encontrar en cualquier momento con paisajes desolados y silenciosos llenos de cuerpos acostados. Pero también causo el efecto contrario al deseado por los dioses, porque los hombres vivían lo mismo pero ahora pasaban mucho tiempo de su vida teniendo que dormir, lo que los llevo a desesperarse y buscar con más tenacidad la vida eterna.

Con gran disgusto, los dioses se vieron obligados a tomar medidas más drásticas y severas para aplacar el deseo de la eternidad, que todos, del primero al último de los hombres poseía.

Y fue entonces que como primera norma le acortaron la longevidad varios cientos de años. Y como medida principal, crearon un momento que delimitase cuándo debían dormir todos los hombres, ayudándoles a organizar la necesidad de dormir para todos por igual.

La noche es desde entonces un momento de debilidad absoluta. Morimos por un rato para saber lo que nos espera, para respetar nuestra propia muerte. Mientras dormimos estamos indefensos, a merced de cualquiera, para recordarnos lo importante y efímera de nuestra propia vida. Cuando dormimos envejecemos sin piedad, no solo no podemos casi ni llegar a una centena de años, si no que un tercio de esos pocos años los tenemos condenados, todos por igual, a cumplir con nuestra necesidad de dormir. Todos los días morimos y volvemos a nacer, olvidando sistemáticamente y poco a poco lo que pasó el día anterior. Olvidando cada noche nuestro deseo de encontrar la eternidad y despertando cada día como si nada hubiera pasado, como si nada hubiéramos hecho y habría que volver a empezar.

Sin embargo esto que al principio funcionaba de maravilla para ambas partes, con el paso del tiempo y la desatención propia de los Dioses, tanto la necesidad como las costumbres fueron distorsionándose, manteniéndose en su esencia, pero alterándose de tantas formas como hombres en el mundo.”

Y es así como la explicación de mi tío Hugo Mandeb me hizo entender que la necesidad de dormir es un castigo y la noche, el momento donde los deseos más brutales se lanzan en el imaginario a lograr la eternidad antes de morir y volver a nacer.

El principio de la privacidad

Privacidad en Internet

Hace dos años escribía el post «El fin de la privacidad» analizando el caso de Amanda Todd. Hoy me inspira volver a escribir sobre el tema el Celebgate o Fappening (clic acá si no sabes lo que es) que sigue dando que hablar. Recientemente Jennifer Lawrence salió a decir que para ella más que una filtración de información privada, era una violación física.

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Una semana sin celular

Una semana sin celular

No, no es el titulo de una nueva película, ni el de un documental, es mi realidad desde el jueves de la semana pasada. Realmente no es de esas cosas que me pasen a mi pero me tocó, simplemente me baje del auto y se me cayó mi querido Galaxy SII del bolsillo directo  al agua que hay junto al cordón cuando llueve. Jamas rompí un celular, siempre me lo habían robado o simplemente habían cumplido su ciclo, hasta ahora, que se produjeron una cantidad espectacular de casualidades para que esto pase.

Al margen del hecho en si mismo, me surgió contar la experiencia de quedarse de un segundo a otro sin celular debido a que está en el aire en nuestra sociedad la idea de que es «la muerte» vivir sin él por un día o incluso por menos tiempo, como olvidarselo al salir de casa. Lo mismo se dice y se piensa de Internet. En mi caso no soy  dependiente a nivel personal de ninguna tecnología, pero si la utilizo para trabajar. Al margen de eso que no pongo como excusa y si bien la utilizo varias horas al día, no soy ni un adolescente ni un adulto que descubrió los avances del mundo hace seis meses. Yo crecí con la tecnología y con Internet y por suerte sé hacer un uso responsable de ella.

Ahora bien, lo que sentí voy a intentar graficarlo con un ejemplo. Los que me conocen dicen que no soy bueno dando ejemplos pero lo intentare una vez más. Supongamos que los humanos tuviésemos un tercer brazo (que perfectamente nos podría salir del medio del pecho hacia adelante). Seria una extremidad más que no nos seria de suma importancia para el desarrollo de nuestra vida pero sí que nos ayudaría. Al margen de la utilidad que cada uno le diera a ese tercer brazo lo cierto es que sería una parte más de nuestro cuerpo de la que preocuparse. Requeriría todos los cuidados y precauciones que exige el resto del cuerpo, seria igual de vital cuidarlo como cuidamos nuestra pierna derecha o nuestra oreja izquierda. Bueno, el celular sería ese hipotético tercer brazo, y en mi caso lo que sufrí es la amputación de esa deformidad extremidad.

Me sentí más liviano, literalmente (y no por los 116 gramos que pesa el aparato). Si bien no me llama nadie y no mantengo cientos de conversaciones por Whatsapp, sí tengo el celular permanentemente al lado o conmigo. Que si tiene bateria, que donde lo tengo que poner a cargar, que si hay señal, si enganchó el wifi, que si entró un mail, que la notificación esta, que el mensaje aquel, que si está en vibrar o hace ruido, que pongo para escuchar, que si el brillo de la pantalla es suficiente o innecesario, que donde lo apoyo, y un largo etcétera. Los dos primeros días sentía esa sensacion a flor de piel, ya hoy estoy acostumbrado. Y no, nadie murió.

En el único momento que lo extrañe fue cuando estuve  esperando algo y estaba solo. Alguna cola para pagar, sala de espera, viaje en micro o similares. También para escuchar música cuando iba en algún transporte o cuando salí a correr.

La conclusión o moraleja en la que podemos decantar es no pensar que el celular, Internet o cualquier otra tecnología no es algo necesario, si no un plus, algo útil que nos ayuda y nos facilita la vida diaria pero que de ninguna manera es algo necesario, incluso aunque tu trabajo dependa de ello.

Para finalizar y por si a alguien le importa el estado de salud de mi  tercer brazo lo único que no le funciona es el puerto de carga. De hecho siguió funcionando hasta que se le agoto la batería con total normalidad. Pronto estará de vuelta a mi lado.

Mensajería instantánea: podemos compartirlo todo, menos el contexto

Mensajería Instantanea

No se a ustedes pero a mi si hay algo que no me cierra, algo que no me termina de convencer, es que una conversación por mensajería instantánea (MI) nunca jamás en la vida puede compararse a una conversación cara a cara.

Es verdad que no estoy diciendo nada que no se haya dicho, ni es algo difícil de deducir, pero hoy, ahora mismo, es el momento en el que más se utiliza este medio para comunicarnos con las personas, tanto con familiares y amigos como con desconocidos. Las cifras son determinantes. Y es por eso que me surge el planteamiento de si es «sano» el uso y abuso de este medio para conectarnos.

Es curioso porque a decir verdad una charla por MI es mucho más perpetua que una convencional. La conversación puede archivarse, enviarse por correo, ser capturada, copiada, etc. Las palabras parecieran tener mayor peso, ser definitivas. Sin embargo, tienen un no se qué que les resta importancia o las hace más efímeras según sea el caso. Si bien no creo que sea solo una cosa, gran parte de ese no se qué se llama contexto.

Sea la temática que sea en la cual se desarrolle el diálogo, es muy difícil (diría imposible) que las dos personas compartan un contexto similar. Lo cierto es que ambas personas pueden estar en sus puestos de trabajo, o en sus casas o incluso en el gimnasio, pero el contexto sigue siendo radicalmente diferente y creo que este es el punto.

El contexto no es solo el lugar o el ambiente. Con el contexto me refiero también a los elementos, las distracciones y las sensaciones del entorno. En la gran mayoría de los casos desconocemos por completo el contexto de la otra persona, simplemente nos lanzamos a hablar (escribir). Alguno más curioso que otro podrá pedir una descripción de la actividad actual de su contraparte, incluso alguno más desconfiado podrá solicitar una fotografía que confirme los dichos pero la realidad es que casi nunca se comprueba el contexto de la otra persona. Y lo peor del caso es que por más que lo intentemos nunca llegaremos a contextualizar la charla, por lo referido anteriormente y porque los estados de animo y los sentimientos no se pueden hacer tangibles ya que no podemos hacer uso de los sentidos para lograrlo.

A continuación jugare un poco con ejemplos, no es mi intención escribir una novela, solo se trata de un esfuerzo por contextualizar y que a su vez esto me brinde más argumentos para entender las dificultades de conversar mediante MI.

Discusión

Un ejemplo drástico sería el de una pareja discutiendo por Whatsapp sobre algún tema relacionado a los acontecimientos del día anterior ligados por supuesto a conceptos personales, problemas recurrentes, charlas inconclusas, etc.

Son las once de la noche, el hombre está en su casa completamente solo (ni mascota tiene), mientras que la mujer se encuentra en un restaurante de comida italiana con sus amigas. A ninguno de los dos le importa su paradero (preguntarlo seria dar un motivo más para la pelea o un síntoma de debilidad) porque la conversación se arrastra desde la tarde (cuando ambos estaban en sus trabajos, dato que saben).
Mientras el está en el sillón con una cerveza en la mano y se siente enojado e impotente, no puede dejar de ver el teléfono para estar atento al mensaje entrante y así poder responder rápido y descargar todos sus argumentos, ella está un poco pasada de copas riéndose a carcajadas de sus propios chistes con respecto a los mensajes que le envía su novio y que decidió compartirlos con sus compañeras de mesa.

Alguno podrá decir que entonces no se están peleando o que no seria tan importante la discusión. Pero la realidad es que en todo caso eso puede decirse solo del lado de la mujer, porque el hombre está  efectivamente inmerso en plena polémica y por lo tanto es una pelea, aunque solo sea importante para el. También podría ser una controversia importante para la mujer, aunque lo note más tarde o simplemente lo este camuflando o tomándoselo de otra forma que si estuviera sola en su casa.

Al margen de las cientos de variables que podríamos considerar, lo que denota la situación es que, primero, no se debería discutir (cosas que creemos importantes) por mensajería instantánea y segundo, refuerza el hecho de que el contexto sigue siendo cada vez más diferente ya que para el hombre que tiene todas las luces apagadas, no tiene distracciones de ningún tipo y conoce el “tono” de su pareja, eso es una pelea con todas las letras. Mientras que para la mujer que está de buen humor y tiene un compromiso presencial (y social) le parece que es un enojo pasajero de su pareja y no tiene demasiada importancia. La percepción de la situación es totalmente distinta y seguramente el concepto que les quede a cada uno de la charla va a influir también en los acontecimientos posteriores que sucedan entre ellos. O no.

Seguramente con la reflexión final sobre este ejemplo ya lo de drástico lo podríamos dejar de lado, porque seguro podrían escribir ustedes otros tantos ejemplos propios o ajenos de casos similares.

Amor

Ahora daré paso a otro ejemplo pero no tan drástico en cuanto a contexto se refiere.

Dos amantes jóvenes están distanciados cada uno en su casa después de un fin de semana consagratorio para sus sentimientos amorosos. Compartieron momentos importantes y es un domingo a la noche diferente, no gris, si no color de rosa.

Ambos están en su habitación completamente solos, rodeados de intimidad. Por un lado la joven tiene de fondo su música preferida y la tele sin audio donde pasan una película en ingles que no sabe cual es ni de que trata, mientras que por su lado el muchacho con solo la luz del velador del escritorio prendida dibuja sin prestar mucha atención figuras abstractas.

Están dirigiendo la conversación a algo serio y el hombre se predispone a mostrar sus sentimientos más profundos. Decidido empieza a escribir sin pensarlo demasiado ni escatimando en palabras. La chica empieza a recibir una cantidad asombrosa de texto y en pleno regocijo y re lectura de los últimos dos mensajes, el padre de ella entra sin golpear en la habitación y agitado le avisa (ordena) que baje a saludar a los abuelos que acaban de llegar y como gancho le dice que le trajeron un regalo muy especial.

La chica para no desobedecer y no mostrarse desinteresada para con la presencia de sus abuelos,  y aprovechando lo portable de su smartphone, baja junto a su padre.

Pueden seguir ustedes mismos la historia, pueden notar como el contexto que más o menos se compartía se rompe de un segundo a otro. La chica contestará entre los abrazos de su abuelo y los besos de su abuela. No podrá pensar con claridad ni con el tiempo necesario, o quizás no podrá decir lo que realmente quería decir o con la extensión o palabras que deseaba hacerlo.

Este ejemplo pone en evidencia la desgracia de la inmediatez, o la costumbre que tenemos (y exigimos) por la inmediatez. También demuestra cómo el contexto puede cambiar de un momento a otro, por cosas complejas o por cosas simples, como la llegada de nuestra mascota a nuestro lado o que se esté quemando la comida.

Conclusión

La inmediatez no garantiza satisfacción ni mucho menos. Con la MI en los smartphones pasa lo que no pasa con las llamadas telefónicas, video conferencias, incluso lo que no pasaba con la mensajería instantánea de hace una década (ICQ, MSN, chats, etc), a saber, tenemos una ignorancia total del contexto del otro y no controlamos ni compartimos lo imprevisible del cambio del mismo. Este mismo desconocimiento nos genera angustia, porque podemos esperar recibir una atención que no tenemos, o darle una importancia que no se demuestra, o simplemente desarrollar un tema con un carácter que no es reciproco. Y si a esto le sumamos los desplantes como el «visto» o la simple desaparición de la actividad de la otra persona que nos dejan en el aire, la angustia puede ser mayor.

Así que ya saben, la próxima vez que tengan algo importante o interesante que comunicar, piénsenlo dos veces antes de iniciar una conversación por mensajería instantánea.